Cuando Radovan Karadzic se ocultaba bajo las barbas blancas de Dragan Dabic y le asaltaba la nostalgia, lo tenía muy fácil: salía de su piso en Nuevo Belgrado, caminaba unos 100 metros y entraba en Casa Loca, un bar ultranacionalista y decadente cuya clientela la integran sobre todo ex militares y policías. Lo hacía a menudo y en este pequeño local, rodeado de gente que idolatraba al Karadzic fanático y guerrero, se sentaba frente a una gran foto suya y a veces incluso tocaba el gusla, un instrumento medieval muy vinculado a la tradición serbia.
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